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La predestinada

  • Marcel Schwob
  • 3 sept 2023
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 24 sept 2023



No bien tuvo altura suficiente, Ilsée tomó la costumbre de ir todas las mañanas ante su espejo y decir: “Buen día, mi pequeña Ilsée”. Después besaba el vidrio frío y fruncía los labios. La imagen parecía venir solamente. Pero estaba muy lejos en realidad. La otra Ilsée, más pálida, que se alzaba de las profundidades del espejo, era una prisionera con la boca helada. Ilsée sentía pena por ella, porque parecía triste y cruel. Su sonrisa matinal era un alba desvaída teñida aún del horror nocturno. (...) La otra Ilsée apareció en el fondo del espejo, vestida de negro, como Ilsée, el rostro consumido, marcado por las señales extrañas del vidrio que ya no refleja en medio del vidrio que refleja. Y el espejo parecía haber llorado. -Estás triste, como yo –dijo Ilsée. La dama del espejo lloró. Ilsée la besó y dijo: –Buen día, mi pobre Ilsée. Y, al entrar en su habitación, con su lámpara de aceite en la mano, Ilsée se sorprendió: lámpara de aceite en mano, la otra Ilsée avanzaba hacia ella, con la mirada triste. Ilsée levantó su lámpara por encima de su cabeza y se sentó sobre su cama. La otra Ilsée levantó su lámpara por encima de su cabeza y se sentó junto a ella. “Comprendo”, pensó Ilsée. “La dama del espejo se ha liberado. Vino a buscarme. Voy a morir.”


Marcel Schwob (1867- 1905). El libro de Monelle, Longseller S.A., Buenos Aires, 2005.

 
 

paula pochettino

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