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Reflejo

  • Angela Carter
  • 3 sept 2023
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 24 sept 2023



Bésate –me ordenó el andrógino con voz desmayada–. Bésate en el espejo, la matriz simbólica del esto y lo otro, del aquí y el allá, del afuera y el adentro. Entonces vi, aunque ya ni de sorprenderme era capaz, que aunque tejía tanto en la habitación como en el espejo, no había en el otro cuarto ningún ovillo de lana; la hebra emanaba del interior del espejo y el ovillo de lana existía sólo en el punto del reflejo. Pero no me dio tiempo a asombrarme de aquella maravilla porque el rancio hedor de la excitación de Anna llenaba el cuarto y le temblaban las manos. Por pura rabia y desesperación, adelanté los labios para besar los labios familiares y sin embargo desconocidos que se adelantaban hacia mí en el silencioso mundo del cristal. “Pensaba que aquellos labios iban a ser fríos y sin vida; que los tocaría pero no me tocarían a mí. No obstante, cuando los labios gemelos entraron en contacto, se adhirieron, porque aquellos labios reflejados míos eran cálidos y palpitaban. La boca estaba húmeda y tenía lengua, y dientes. Era demasiado para mí. La profunda sensualidad de aquella inesperada caricia crispó las raíces de mi sexo y cerré los ojos involuntariamente mientras rodeaba con los brazos mis propios hombros enfundados en tweed. El placer del abrazo fue intenso; me desvanecí en él. Cuando se abrieron mis ojos, me había convertido en mi propio reflejo. Había atravesado el espejo y ahora me encontraba subido en una sillita de asiento de varillas y respaldo dorado con la boca pegada a una superficie impermeable de cristal que había empañado con el vaho de mi respiración y humedecido con mi saliva.


Angela Carter (1940-1992), Quemar las naves, Editorial Sexto Piso, España, 2017.

 
 

paula pochettino

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